Hoy el aire del Inframundo llegó impregnado de humo. No del humo ritual que usamos para invocar espÃritus, sino del que asciende cuando un paÃs arde por dentro.
Pixelton irrumpió con las orejas caÃdas —algo raro en él—. No gritaba, no saltaba. Solo murmuró que durante años hablaron de abrazos… y ahora las balas respondÃan por sà solas. Guardé silencio. A veces el caos no necesita comentario inmediato; basta observar cómo crece cuando nadie lo contiene.
El crimen no aparece de la nada. Crece como hiedra en un muro descuidado. Primero es una grieta pequeña, casi decorativa. Después se vuelve enredadera. Luego, bosque. Y cuando finalmente alguien decide enfrentarlo, ya no está ante delincuentes dispersos, sino ante una estructura que aprendió a organizarse, armarse y marchar.
—Si alimentas a un lobo esperando que se vuelva oveja —graznó Corvex desde las alturas—, no te sorprendas cuando regrese con la manada.
Pixelton apretó los dientes. La tristeza le pesaba más que el miedo. Y aquà es donde la ironÃa se vuelve amarga: cuando por fin se actúa, quienes enfrentan el desastre hacen su trabajo con disciplina y firmeza. Pero ningún soldado puede corregir años de omisión en una sola jornada. El fuego no comienza cuando lo ves desde la ventana; comienza cuando decides ignorar la chispa.
Lo verdaderamente trágico no es la confrontación. Es la demora. Porque cuando el poder prioriza sus propios intereses y posterga la protección de su gente, el resultado no es estabilidad… es incendio.
Y el Inframundo, que ha visto imperios levantarse y caer, reconoció algo familiar: no todo caos es inevitable. Algunos simplemente son permitidos.
Cerraré esta página mientras el olor a humo aún flota en la sala. Las brasas revelan más verdad que los discursos, y las sombras siempre recuerdan lo que los tronos prefieren olvidar.
Y cuando un reino decide ignorar a sus propios demonios, no desaparecen… aprenden a marchar.
Volveré cuando las brasas revelen algo más que ceniza.
🩸 – Serrano, Arquitecto del Caos Digital
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