Desde este trono de cenizas observo a la humanidad y su teatro más reciente: la moda de las enfermedades del alma.
Depresión, ansiedad, burnout… términos que antes se susurraban en consultorios ahora se lucen como accesorios en hilos de redes y conversaciones de café.
No niego su existencia; el sufrimiento es real, antiguo como el barro del que estamos hechos.
Lo que me causa una risa fría es cómo se visten estas sombras: como privilegios envueltos en victimismo estético.
Nunca he visto al que madruga para romperse la espalda en un trabajo que apenas alcanza para el pan quejarse en voz alta: “Hoy no voy, estoy ansioso”.
Porque si no va, no come. Si no come, muere.
El hambre no entiende de diagnósticos elegantes; obliga al cuerpo a seguir, aunque el espíritu se arrastre.
En cambio, aquellos con redes de seguridad, tiempo libre y tarjetas de crédito ilimitadas se tiran al piso del drama público.
Publican stories con filtros suaves, citan terapeutas caros, acumulan sesiones que cuestan más que el salario mensual de muchos… y nada cambia.
El psicólogo cobra por escuchar lo que el espejo ya sabe: que el vacío no se llena con palabras pagadas.
Corvex, desde su rama negra, soltó seco: “Los pobres la padecen en silencio; los cómodos la performan en alta definición.”
Exacto.
La verdadera depresión no posa para la foto; devora sin pedir permiso.
La ansiedad de quien no sabe si mañana habrá arroz no necesita hashtag; ya es su sombra constante.
Pero la versión de salón… esa sí se viraliza.
Porque duele menos admitir un trastorno cuando puedes pagarlo, etiquetarlo y convertirlo en contenido.
Aquí abajo no romantizamos el padecimiento.
Lo vemos como es: una grieta en la carne humana que unos tapan con trabajo forzado y otros con terapia infinita.
Ambos sufren, pero solo uno lo convierte en moda.
Así que dime, humano que coleccionas etiquetas mentales como trofeos: ¿tu depresión es herida o performance? ¿tu ansiedad es cadena o accesorio?
Porque el caos no distingue clases… solo excusas.
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